A simple vista parece imposible: un soplete apunta directamente a la cáscara de una piña y, durante un breve período, el interior permanece prácticamente frío.
La explicación está en la biología de esta fruta.
La piña (Ananas comosus) evolucionó en regiones cálidas de Sudamérica, donde las altas temperaturas y las sequías eran frecuentes. Para adaptarse, desarrolló un mecanismo conocido como metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM).
A diferencia de muchas plantas, la piña abre sus estomas principalmente durante la noche para captar dióxido de carbono, reduciendo así la pérdida de agua durante el día. Además, almacena una importante cantidad de agua en sus tejidos.
Esta reserva hídrica, combinada con la gruesa capa fibrosa de la cáscara, actúa como un aislante térmico que ralentiza la transferencia de calor hacia la pulpa cuando la exposición al fuego es breve.
Sin embargo, este fenómeno tiene límites. La piña no es ignífuga: si permanece expuesta al calor durante más tiempo, la temperatura terminará penetrando y cocinando su interior.
Más que una adaptación al fuego, se trata de una estrategia evolutiva para conservar agua y resistir condiciones ambientales extremas.
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