Los colibríes poseen uno de los metabolismos más extraordinarios entre los vertebrados. Para mantenerse suspendidos en el aire pueden batir sus alas decenas de veces por segundo, mientras que durante una actividad intensa su corazón puede alcanzar aproximadamente 1,200 latidos por minuto.
Semejante gasto energético plantea un problema evidente: ¿qué ocurre durante la noche, cuando pasan varias horas sin poder alimentarse?
La evolución les proporcionó una solución extraordinaria: el torpor.
El torpor es un estado fisiológico de profundo ahorro energético. No se trata simplemente de dormir. El metabolismo disminuye considerablemente, al igual que la respiración, la frecuencia cardíaca y la temperatura corporal. Cornell señala que un colibrí en torpor puede utilizar apenas entre un 10 % y un 20 % de la energía que utilizaría si permaneciera simplemente dormido manteniendo una temperatura corporal elevada.
De más de 1,200 a unos 50 latidos
La transformación puede ser impresionante. Material educativo de Audubon señala que el corazón de un colibrí activo puede superar los 1,200 latidos por minuto, mientras que durante el torpor puede descender hasta aproximadamente 50.
También disminuye radicalmente su temperatura. En el colibrí coliancho, por ejemplo, Cornell registra temperaturas corporales cercanas a 12,2 °C durante el torpor bajo determinadas condiciones. Otras investigaciones han observado temperaturas todavía inferiores en especies de regiones andinas.
El animal puede parecer extraordinariamente quieto y responder muy poco a los estímulos externos. Aun así, sus patas mantienen la capacidad de agarrarse a la rama mientras permanece en torpor.
Volver a poner el “motor” en marcha
Antes de recuperar su actividad normal, el colibrí debe elevar nuevamente su temperatura corporal y acelerar su metabolismo.
El tiempo necesario varía considerablemente. Investigadores del Cornell Lab han observado procesos de recuperación inferiores a diez minutos en determinadas condiciones, mientras que otros individuos pueden necesitar entre 20 y 90 minutos. La temperatura ambiental desempeña un papel importante.
Este extraordinario mecanismo permite comprender cómo un animal que durante el día parece vivir permanentemente acelerado puede superar las horas nocturnas reduciendo temporalmente su consumo energético al mínimo.
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